3/4/18

Espejo

Hace bastantes años acompañé a un amigo a casa de sus padres, en Kosovo, pocas semanas después de que la guerra se hubiera dado por terminada. Fue un viaje bastante triste con aquellas miradas huidizas, ese sentir culpable y toda aquella destrucción. Llegar fue difícil, carreteras cortadas, puentes que amenazaban con derrumbarse y controles de soldados, no siempre de la ONU.

La casa de los padres de mi amigo era una vieja casona en un pequeño pueblo. Los cristales habían desaparecido y una de las paredes mostraba la sombra de un incendio, como si una lengua de un gigante manchada de regaliz hubiera lamido la mampostería. La casa era fuerte, de gruesos muros que empezaban de piedra y terminaban con un pie de ladrillo, con puertas de verdadera madera que habían desaparecido. Los huecos de la fachada parecían mirarnos y mirar el horror que le rodeaba: una construcción, que luego supe que era una especie de cobertizo, completamente quemada, los campos abandonados, pisoteados y agujereados por bombas que aún parecían oírse y el silencio sin animales, como un dedo acusador que nos señalara.

El interior de la casa tampoco se había salvado. Huecos en las paredes que denunciaban algún mueble robado, la madera del suelo arrancada, los azulejos agrietados y lo que hace un hogar esparcido por el suelo, como si un viento lo hubiera secuestrado de los cajones y las alacenas y lo hubiera repartido por todas las habitaciones. Yo no sabía que decir, aunque sabía que encontraríamos algo parecido. Aún hoy sigo sin saber qué podría haber dicho. Mi amigo caminó entre aquel caos reconociendo los detalles, agachándose y cogiendo una foto, el trozo de una cerámica, un pequeño camión de madera, un recuerdo.

Cuando llegamos a lo que parecía el dormitorio de sus padres, había un armario enorme, pesado y es posible que atornillado a la pared, razón por la que no había desaparecido. En sus hojas, en dos de ellas, había un espejo viejo, de los de antes, grueso y con el amarillento rastro del óxido en las esquinas. Parecía fuera de lugar entre tanta destrucción. ¿Cómo era posible que permaneciera intacto? Mi amigo me contó que aquellos espejos ya estaban ahí antes de que él naciera, antes de que su padre naciera y que habían reflejado la habitación desde el principio de la casa. De hecho, un reflejo fantasma de la misma había quedado grabado en la solución de plata extendida en la parte posterior. No sé si por efecto del tiempo o a causa de alguna bomba cuya intensidad hubiera grabado aquella imagen, pero cuando nos miramos, nos vimos a nosotros mismos en la habitación intacta; veíamos las mesillas, la enorme cama con un cabecero de oscura madera y una imagen sobre este que no supe identificar. También veíamos la habitación destruida y la doble exposición era muy perturbadora.

Nos costó mucho desarmar aquellas puertas, como si se resistieran, y meterlas en el coche que habíamos alquilado. Pusimos unas mantas para que amortiguaran cualquier golpe, pero yo pensaba que si habían sobrevivido a la barbarie sobrevivirían al viaje. Recogimos otros recuerdos intactos, en su mayoría fotos y partes de un ajuar bordado a mano e hicimos el camino inverso hasta la costa, donde nos metimos en un barco y volvimos a Valencia.

Las puertas y los espejos sobrevivieron al viaje y hoy están en la casa de mi amigo, cerca de la avenida de la Giorgeta, donde vive con su mujer y sus dos estupendos hijos. Las colocó en el recibidor, pegadas a la pared, las barnizó y le puso una moldura que tapara un poco el efecto del óxido de las esquinas. No se atrevió a separarlas de las puertas por si eso, al entrar aire o al exponerlo a la luz, rompía el efecto. Cuando te miras en esos espejos, aún puede verse la habitación de Kosovo, intacta, como una sombra que te mirara desde lejos y mi amigo dice que en ocasiones le parece ver a sus padres durmiendo en la cama.